martes, 29 de mayo de 2018

BRECHA EXPANDIDA

Intuición 
Artista: Carlos Bunga 
Galería Elba Benítez 
Hasta abril de 2018 

 A lo largo de sus 28 años de existencia han pasado por la galería de Elba Benítez artistas tan reputados y variopintos como Ignasi Aballí, Ibon Aranberri, Cabello/Carceller, Carlos Garaicoa, Cristina Iglesias o Francesc Torres. A pesar de trabajar con medios tan distintos, las referencias arquitectónicas son un constante leitmotiv en sus exposiciones. Por ello no es de extrañar que la galería haya contado en esta ocasión con el artista portugués Carlos Bunga (Oporto, 1976), de carrera corta pero intensa. Con sus apenas 42 años ha realizado ya exposiciones individuales en museos como el MARCO de Vigo, el MUAC de México o el MACBA de Barcelona. Ha formado igualmente parte de eventos como la Trienal de Arquitectura de Lisboa, la Bienal de São Paulo o la Manifesta 5 de San Sebastián, en la que comenzó la relación del artista con esta galería, vínculo que se ha materializado ya en cinco proyectos expositivos. 

La muestra lleva por título Intuición, un claro guiño a la obra La Pensée et le Mouvant del filósofo francés Henri Bergson. El autor analiza en un momento de la obra como, ante el color naranja, racionalmente somos conscientes de que se trata de la mezcla del color rojo y amarillo. No obstante, Bergson dice posteriormente que, aun no sabiendo esto, seríamos capaces de reconocer la cercanía cromática de estos tres colores. A este hecho es al que denomina “intuición filosófica”, un conocimiento menos racional pero más profundo y espiritual. Del mismo modo, Carlos Bunga diferencia en esta exposición entre la percepción intuitiva y el análisis racional, lo que obliga a no dejarse llevar por la apariencia superficial de las obras y detenerse para analizarlas en profundidad.


Como es característico de su producción, encontramos aún ciertos materiales povera como sus representativas cajas de cartón pintadas. No obstante, en esta ocasión, el artista da mayor protagonismo a sus nuevas investigaciones artísticas abandonando dicho material. Carlos Bunga considera el espacio como un laboratorio donde actuar sin premeditación, sin estudios previos o maquetas. Así podemos encontrar instalaciones como Habitar el Color, concebida en el propio espacio galerístico y para la propia galería. Una instalación site specific en la que pone de manifiesto su concepción de la pintura expandida. Así, abandona cualquier soporte para pintar directamente el suelo de la habitación, construyendo de este modo una pintura transitable que podemos apreciar tanto por la vista como por el tacto. 

Una cualidad táctil de su obra mejor representada en su serie de Pinturas Exentas, donde utiliza diferentes lienzos, gasas y fieltros para generar texturas muy diversas. Al colgar dichas obras del techo, se construye igualmente un espacio transitable que recuerda lejanamente a sus antiguos laberintos de cartón (o a los juegos de celosías de su compañera de galería Cristina Iglesias).

Podríamos pensar que en esta ocasión Bunga deja a un lado su interés por el tiempo. En trabajos previos recurría al cartón por sus cualidades efímeras, utilizándolo así para la construcción de arquitecturas temporales con fecha de caducidad. No obstante, también el craquelado de sus Pinturas Exentas o del suelo de Habitar el Color posee las mismas connotaciones temporales. Como afirmaba en una entrevista el artista, “vivimos obsesionados con la eternidad”, motivo por el que él apuesta por obras efímeras y pinturas mezcladas con cola que al secarse se contraen y cuartean, acelerando de este modo el efecto del tiempo. 



Del mismo modo, la obra sonora Proceso que acompaña al visitante se trata de una grabación obtenida durante el montaje de su exposición I am a Nomad en el Museum Haus Konstruktiv de Suiza, en el año 2015. De este modo, Bunga no únicamente construye una brecha física en sus obras plásticas, si no que a través del sonido genera igualmente una brecha espaciotemporal conectando dos exposiciones realizadas en lugares y fechas diferentes. 

 Por este motivo, como inicialmente afirmábamos, la muestra de Carlos Bunga invita a no dejarse llevar por la percepción intuitiva instantánea y profundizar en ella mediante un análisis más racional de las obras. Una muestra efectiva a la par que coherente, mostrando medios muy diversos que demuestran las líneas de investigación que el artista ha venido trabajando desde el año 2016.

Aitor Merino Martínez

UNA OPORTUNIDAD PERDIDA

Rosi Amor
Artista: David Bestué 
Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía 
Hasta el 26 de febrero de 2018 

 El Museo Reina Sofía de Madrid apuesta por la obra del artista barcelonés David Bestué (1980). La muestra ha sido organizada dentro del programa Fisuras, una iniciativa del Museo que permite a jóvenes artistas producir nueva obra para sus diferentes espacios. En esta ocasión, el artista ha elegido el habitual Espacio 1, recuperando además la abandonada Sala de Bóvedas subterránea. 

Pese a haberse formado como escultor, David Bestué pronto abandonó las cuestiones materiales para llevar a cabo una amplia producción de video-performance junto al artista también barcelonés Marc Vives. Esto no le impidió continuar investigando sobre escultura y arquitectura en un plano teórico, motivo que le llevó a estudiar en profundidad la obra del arquitecto Enric Miralles para posteriormente publicar libros como A Izquierda y Derecha o Formalismo Puro

 Como ya hiciera en la exposición Realismo que organizó La Capella de Barcelona en el año 2015, Bestué recupera en esta ocasión la escultura más material, los restos arquitectónicos y las referencias constructivas para hablar de su contexto histórico-social. En esta ocasión, el artista analiza las diferentes secciones de la Comunidad de Madrid a través de sus características constructivas. Así, en la primera sala, encontramos una serie de obras hechas en metacrilato mediante la técnica del corte láser, generando de este modo unas estructuras frías, semitransparentes, tecnológicas y sin afecto, semejantes a los grandes rótulos que colman barrios primordialmente empresariales como Las Tablas o Sanchinarro. 



Por el contrario, la segunda sala de la exposición se compone de lo que el artista denomina Poemas de Resina o Poemas sin Palabras. Una serie de objetos y mobiliario realizados mediante la mezcla de resinas y restos naturales o artificiales. Del mismo modo que las distintas palabras utilizadas para la construcción de un poema generan diferentes estados emocionales, Bestué recurre a distintos materiales para provocar en el espectador lo inmaterial: la emoción. El propio artista reconoce en la hoja de sala que acompaña a la muestra, una interesante conversación con la poeta María Salgado, que “el material es incluso más importante que la forma”. Por este motivo, podríamos dudar de las razones que le llevan a utilizar dicho material para la elaboración de objetos fácilmente reconocibles, más aún de no importar su forma. 

Del mismo modo, a pesar de denominarlos Poemas sin Palabras, son los títulos de las obras los que en realidad pueden llegar a emocionar al visitante. Así, a pesar de la importancia del material que él mismo manifiesta, titula algunas de sus obras como Manzana de ceniza del 11-S sobre un taburete con partículas del muro de Berlín o Trozo de pared real de la habitación donde nació una persona y trozo de pared real de la habitación donde murió esa misma persona. 

A pesar de esos sentimentalismos, el peso de la segunda sala recae en el hecho de utilizar restos orgánicos e inorgánicos de estructuras previas para la construcción de otras nuevas. Una metamorfosis del material, en continua transformación, que alude a las constantes variaciones urbanísticas de barrios del sur de Madrid como Vallecas. El propio título de la exposición, Rosi Amor, hace referencia al mensaje que Bestué leyó en un grafiti de dicho barrio. 



Para llegar a la tercera y última sección de la exposición es necesario descender las escaleras que dirigen a la Sala de Bóvedas. Un descenso con el que el artista quiere recordar al visitante la bajada a la Cripta Real del Monasterio del Escorial. Una alusión al Madrid histórico igualmente palpable en los materiales utilizados para la construcción de las dos últimas obras de la muestra, todos ellos reales y reutilizados. Una de ellas, haciendo referencia a una concepción lineal del tiempo, se construye mediante la unión de restos metálicos ordenados cronológicamente según su datación. Frente a esto, en alusión a una concepción centrífuga del tiempo, restos arquitectónicos góticos, barrocos, románticos y neoclásicos giran sobre sí mismos sin un orden coherente en la segunda de las obras.



David Bestué logra su objetivo y mediante objetos que refieren a elementos constructivos logra establecer una diferenciación entre el Madrid empresarial, el popular y el histórico. No obstante, envuelve sus obras de una falsa poética que en realidad únicamente aportan sus títulos. Largos nombres que, de nos referirse a lugares y momentos específicos cargados de connotaciones sociales (ya sea el Muro de Berlín, las Torres Gemelas o la estación de Atocha), difícilmente llegarían a emocionar al espectador mediante sus materiales pobres y fríos vacíos de significado.

Aitor Merino Martínez

sábado, 10 de febrero de 2018

El Pintor de Juan Colomer y Albert Boadella


El Payaso que quiso quedarse con todo el protagonismo:




El compositor Juan Colomer y el dramaturgo Albert Boadella han creado conjuntamente la ópera El Pintor que ha vista la luz por vez primera en los Teatros del Canal de Madrid.  Que a Boadella le fascina la provocación no es ninguna sorpresa. No obstante, en esta ocasión, la broma se le va de las manos y acaba rozando el absoluto patetismo (el suyo). Así lo demuestra el propio libreto de la ópera, una dura crítica a la obra y figura de Pablo Picasso oculta bajo la apariencia de sátira. 

El Pintor, deseoso de poseer fama eterna, llega a un París fascinado por la obra de Renoir y Monet. Las pinturas de Picasso, inmerso en plena Etapa Azul, son ignoradas por el público burgués y únicamente compradas por "cuervos" que pagan un par de francos por ellas. Mefisto le promete a Picasso aquello que tanto ansía a cambio de su firma, dándole incluso las pautas que debe seguir para alcanzar el éxito internacional: el cubismo. No obstante, todo el dinero que amasa con su obra, oculta en realidad la otra cara del trato: el control del público. Los espectadores, cegados con la obra de Picasso, son ahora incapaces de apreciar la verdadera belleza y pagan sólo por aquellas obras horrendas que parecen ser novedosas. El graffiti, el anti-arte por antonomasia, alcanza todos los rincones del mundo convirtiéndose en una plaga. Incluso el espíritu de Velázquez, molesto con la actitud del malagueño, se le aparecerá en el tercer acto para criticar sus burdas interpretaciones de las meninas, convertidas en "garabatos". De pronto Picasso despierta, todo ha sido un terrible sueño. No obstante, movido por la codicia que le caracteriza, nada más despertar coge uno de sus lienzos para pintar aquello que Mefisto le había mostrado en su sueño: un bodegón cubista. En lugar de aprender la lección mostrada en la pesadilla, Picasso únicamente es capaz de dejarse llevar por su interés económico. Se lucra con su obra a pesar de saber que esto llevará el arte a la decadencia absoluta, las pinturas callejeras. No obstante, Boadella no se queda tranquilo con esto, por lo que finalmente decide castigar a Picasso recreando una subasta en la que la obra del malagueño supera el precio de un cuadro de Velázquez. Poco le durará la alegría, un cuadro de Jackson Pollock duplica el precio de su obra y el coro, regocijándose, le cambia el nombre por el de "Nicasso".

Un libreto simplón, sin apenas desarrollo y donde uno siente que nunca sucede nada. No obstante, a todo esto, Boadella incorpora constantemente críticas al machismo de Picasso. Una y otra vez se agarra la entrepierna, utiliza su enorme pincel como alusión de su pene, estafa a prostitutas y cambia constantemente de pareja llegando incluso a convivir con algunas de las que no entiende ni su idioma. Hasta aquí todo bien, si no fuese porque el propio Boadella utiliza en su libreto expresiones como "rebaño de hembras". Es tal la insistencia del machismo de Picasso que el propio Boadella se convierte en un viejo verde más. Si Macbeth afirmaba que la vida no es más que un cuento contado por un idiota, Picasso ha encontrado al suyo. 
Pero no insistiremos más en el asunto. La trama carece de interés, está repleta de clichés abusivamente repetidos, con unos criterios artísticos que rozan el cuñadismo y un humor sin gracia que no arranca ni una sola carcajada entre el público. Boadella decía en la rueda de prensa que el Museo Reina Sofía es el "tanatorio de las artes", ahora nos tocaría afirmar a nosotros que su sátira es más bien un funeral. 

Tampoco la escenografía ayuda en exceso al libreto. Ricardo Sánchez Cuerda presenta un escenario completamente vacío donde solo unos fluorescentes parecen delimitar muros y puertas. A esto le acompaña una gran cantidad de proyecciones de cuadros y dibujos de Picasso. Una sosería absoluta que no cambia a lo largo de más de 2 horas de representación, haciendo que el espectador se pregunte para qué hacen falta entonces 40 minutos de intermedios. 

A nivel vocal únicamente existen 2 papeles con cierto protagonismo en la representación. Por un lado Mefisto, bien interpretado por Josep Miquel Ramón, pero sin mayor interés. Por otro lado obviamente Picasso, brillantemente interpretado por Alejandro del Cerro, un personaje que no abandona la escena en toda la representación, lo cual exige una gran preparación y resistencia por parte del cantante. No obstante, sin olvidar las cortas pero más que correctas intervenciones de Cristina Faus como Gertrude Stein, Belén Roig como Fernande Olivier y sobretodo Toni Comas en los papeles de Apollinaire y Velázquez.

La orquesta estuvo dirigida por Manuel Coves, quien consiguió exprimir a la perfección la Orquesta Titular del Teatro Real. Resulta realmente admirable su labor, puesto que aun tratándose del primer contacto con la partitura logró convertir a la orquesta en la gran protagonista. No obstante, obviamente esto no sería posible si no fuese por la música de Juan Colomer, la grandísima sorpresa de la noche. Una partitura variadísima en la que destacan los numerosos momentos de tutti orquestal y los constantes guiños a músicas conocidas por el público. Tal vez uno de los momentos más brillantes de la noche fue la corrida de toros de Picasso, donde la música de Colomer, tonal pero que en todo momento parece rozar la disonancia, se arranca con un marcado pasodoble totalmente lírico y melódico. Así, las melodías asociadas a la música estadounidense y rusa (que se utilizan al hablar de Gertrude Stein y el comunismo, respectivamente), se entrelazan a la perfección con la forma de hacer de Colomer. Un estilo personal y permeable, lleno de fuerza, arrebato e ingenio, que hace que en momentos sobren incluso las voces. Tal vez el propio compositor, consciente de esto, ha decidido por este motivo dar tanta importancia a la orquesta en sus numerosos intermedios orquestales. No obstante, nada desdeñable son tampoco los momentos corales, trabajados con gran maestría armónica y, en varias ocasiones, a capella.
Seguramente será para muchos un compositor desconocido, por lo que concluyo este pequeño comentario recomendando una de sus obras orquestales, trabajos en una clara estética neoclásica en los que destaca primordialmente su brillante trabajo de orquestación e hibridación del folclore.





Aitor Merino Martínez


 
 
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