miércoles, 7 de febrero de 2018

Dead Man Walking en el Teatro Real




Hace 6 años llegaba a mis manos una grabación en CD de la ópera Dead Man Walking del compositor estadounidense Jake Heggie. A lo largo de estos años, aquella ópera a la que no quise dar ni una oportunidad se ha convertido en una de las óperas contemporáneas más relevantes de lo que llevamos de siglo, alcanzando casi la cincuentena de producciones. 
Jake Heggie será para muchos un compositor totalmente desconocido, superficialmente famoso por algunas de las canciones que ha compuesto para cantantes como Frederica von Stade, Susan Graham, Paul Groves o Joyce DiDonato, quien en esta ocasión interpreta el papel protagonista de la monja Helen Prejean, conocida activista por la abolición de la pena de muerte. Por este motivo, la función del pasado día 6 de febrero fue mi primer contacto con la ópera, algo que explica la grata sorpresa que supuso.

Pese a ser un fiel defensor de los antecedentes, en esta ocasión me parecen totalmente desmedidas las comparaciones de Dead Man Walking con Porgy and Bess o la producción compositiva de Bernstein, cuya única semejanza es la incorporación de motivos gospel en un tratamiento musical y orquestal totalmente tradicional. Aun así, esto no debe restar valor a la ópera de Heggie, una obra perfectamente construida en lo dramático y en lo musical. En lo respectivo al primer aspecto, la acción avanza incesantemente, sin detenerse en momentos de lucidez que, en la producción contemporánea, suele simbolizar sopor. Una historia in crescendo que culmina con la dramática inyección letal a Joseph De Rocher. 
En el aspecto musical, Dead Man Walking es una obra tonal, melódica, heredera del verismo por la incorporación de motivos cotidianos, heredera de la tradición pos-romántica en la utilización de los leitmotivs e incluso programática por la estrecha relación existente entre la narración y la música que la acompaña. Todos estos aspectos hacen que la obra de Heggie sea prácticamente un musical de Broadwey compuesto por un autor de formación operística.

Es precisamente esta difícil clasificación la que ha hecho brillar a la orquesta del Teatro Real menos que de costumbre. Las marcadas y pegadizas melodías que se escuchan en la grabación de la Houston Gran Opera poco tienen que ver con el dramatismo y la pesadez de la agrupación madrileña. Varios tirones de oreja se merecería el director, Mark Wigglesworth, que se llevó los aplausos más fríos de la noche por haber convertido este "musical dramático" en una "densa ópera contemporánea". A nivel vocal el reparto logró un altísimo nivel que demuestra su variada formación. En él destaca la gran interpretación de Maria Zifchak en el papel de la madre del preso, con cuya aria ante el tribunal que ha de juzgar el futuro de su hijo logró conmover al público. El propio condenado, Michael Mayes, ha conseguido hacer suyo el personaje, aunque su voz no dejaba de sonar cansada en algunos momentos de la función (algo que aun así no debemos considerar negativo por funcionar tan bien con el estado anímico del personaje, que se mueve entre el secretismo y el terror a la muerte). No obstante, la triunfadora innegable de la noche es Joyce DiDonato, cantante de formación totalmente clásica que ha sabido encajar en su técnica el complejo estilo musical de Heggie, logrando igualmente introducirse en la mente de su personaje convirtiéndolo prácticamente en una extensión suya. 

En su dramático final, equiparable al del Dialogues des Carmélites de Poulenc, tras más de 2 horas de música, la ópera termina con un silencio sepulcral mientras se escucha por megafonía los latidos del corazón del preso mientras el veneno recorre su cuerpo. Unos pitidos fuertes y agudos que penetran en los oídos del espectador aumentando su agonía. La melodía a capella que interpreta la protagonista mientras el preso muere, la misma con la que se inició la ópera, convierte la función en algo totalmente circular, como si aquello visto en el escenario se tratase en realidad de un flashback, con la diferencia de que la pena de muerte sigue siendo un hecho real y numerosos presos siguen esperando recluidos en sus celdas su "asesinato legal".

Una función redonda a excepción de la interpretación de la orquesta. Una ópera que, aun no siendo la norma, demuestra por la buena acogida que ha tenido en los teatros de medio mundo el camino que los compositores deben seguir en este siglo XXI. Otra cosa, obviamente, es que los compositores quieran seguir girando en torno a los mismos preceptos de hace 1 siglo solo que incorporando en sus libretos las nuevas preocupaciones del mundo contemporáneo. 


Aitor Merino Martínez


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