sábado, 10 de febrero de 2018

El Pintor de Juan Colomer y Albert Boadella


El Payaso que quiso quedarse con todo el protagonismo:




El compositor Juan Colomer y el dramaturgo Albert Boadella han creado conjuntamente la ópera El Pintor que ha vista la luz por vez primera en los Teatros del Canal de Madrid.  Que a Boadella le fascina la provocación no es ninguna sorpresa. No obstante, en esta ocasión, la broma se le va de las manos y acaba rozando el absoluto patetismo (el suyo). Así lo demuestra el propio libreto de la ópera, una dura crítica a la obra y figura de Pablo Picasso oculta bajo la apariencia de sátira. 

El Pintor, deseoso de poseer fama eterna, llega a un París fascinado por la obra de Renoir y Monet. Las pinturas de Picasso, inmerso en plena Etapa Azul, son ignoradas por el público burgués y únicamente compradas por "cuervos" que pagan un par de francos por ellas. Mefisto le promete a Picasso aquello que tanto ansía a cambio de su firma, dándole incluso las pautas que debe seguir para alcanzar el éxito internacional: el cubismo. No obstante, todo el dinero que amasa con su obra, oculta en realidad la otra cara del trato: el control del público. Los espectadores, cegados con la obra de Picasso, son ahora incapaces de apreciar la verdadera belleza y pagan sólo por aquellas obras horrendas que parecen ser novedosas. El graffiti, el anti-arte por antonomasia, alcanza todos los rincones del mundo convirtiéndose en una plaga. Incluso el espíritu de Velázquez, molesto con la actitud del malagueño, se le aparecerá en el tercer acto para criticar sus burdas interpretaciones de las meninas, convertidas en "garabatos". De pronto Picasso despierta, todo ha sido un terrible sueño. No obstante, movido por la codicia que le caracteriza, nada más despertar coge uno de sus lienzos para pintar aquello que Mefisto le había mostrado en su sueño: un bodegón cubista. En lugar de aprender la lección mostrada en la pesadilla, Picasso únicamente es capaz de dejarse llevar por su interés económico. Se lucra con su obra a pesar de saber que esto llevará el arte a la decadencia absoluta, las pinturas callejeras. No obstante, Boadella no se queda tranquilo con esto, por lo que finalmente decide castigar a Picasso recreando una subasta en la que la obra del malagueño supera el precio de un cuadro de Velázquez. Poco le durará la alegría, un cuadro de Jackson Pollock duplica el precio de su obra y el coro, regocijándose, le cambia el nombre por el de "Nicasso".

Un libreto simplón, sin apenas desarrollo y donde uno siente que nunca sucede nada. No obstante, a todo esto, Boadella incorpora constantemente críticas al machismo de Picasso. Una y otra vez se agarra la entrepierna, utiliza su enorme pincel como alusión de su pene, estafa a prostitutas y cambia constantemente de pareja llegando incluso a convivir con algunas de las que no entiende ni su idioma. Hasta aquí todo bien, si no fuese porque el propio Boadella utiliza en su libreto expresiones como "rebaño de hembras". Es tal la insistencia del machismo de Picasso que el propio Boadella se convierte en un viejo verde más. Si Macbeth afirmaba que la vida no es más que un cuento contado por un idiota, Picasso ha encontrado al suyo. 
Pero no insistiremos más en el asunto. La trama carece de interés, está repleta de clichés abusivamente repetidos, con unos criterios artísticos que rozan el cuñadismo y un humor sin gracia que no arranca ni una sola carcajada entre el público. Boadella decía en la rueda de prensa que el Museo Reina Sofía es el "tanatorio de las artes", ahora nos tocaría afirmar a nosotros que su sátira es más bien un funeral. 

Tampoco la escenografía ayuda en exceso al libreto. Ricardo Sánchez Cuerda presenta un escenario completamente vacío donde solo unos fluorescentes parecen delimitar muros y puertas. A esto le acompaña una gran cantidad de proyecciones de cuadros y dibujos de Picasso. Una sosería absoluta que no cambia a lo largo de más de 2 horas de representación, haciendo que el espectador se pregunte para qué hacen falta entonces 40 minutos de intermedios. 

A nivel vocal únicamente existen 2 papeles con cierto protagonismo en la representación. Por un lado Mefisto, bien interpretado por Josep Miquel Ramón, pero sin mayor interés. Por otro lado obviamente Picasso, brillantemente interpretado por Alejandro del Cerro, un personaje que no abandona la escena en toda la representación, lo cual exige una gran preparación y resistencia por parte del cantante. No obstante, sin olvidar las cortas pero más que correctas intervenciones de Cristina Faus como Gertrude Stein, Belén Roig como Fernande Olivier y sobretodo Toni Comas en los papeles de Apollinaire y Velázquez.

La orquesta estuvo dirigida por Manuel Coves, quien consiguió exprimir a la perfección la Orquesta Titular del Teatro Real. Resulta realmente admirable su labor, puesto que aun tratándose del primer contacto con la partitura logró convertir a la orquesta en la gran protagonista. No obstante, obviamente esto no sería posible si no fuese por la música de Juan Colomer, la grandísima sorpresa de la noche. Una partitura variadísima en la que destacan los numerosos momentos de tutti orquestal y los constantes guiños a músicas conocidas por el público. Tal vez uno de los momentos más brillantes de la noche fue la corrida de toros de Picasso, donde la música de Colomer, tonal pero que en todo momento parece rozar la disonancia, se arranca con un marcado pasodoble totalmente lírico y melódico. Así, las melodías asociadas a la música estadounidense y rusa (que se utilizan al hablar de Gertrude Stein y el comunismo, respectivamente), se entrelazan a la perfección con la forma de hacer de Colomer. Un estilo personal y permeable, lleno de fuerza, arrebato e ingenio, que hace que en momentos sobren incluso las voces. Tal vez el propio compositor, consciente de esto, ha decidido por este motivo dar tanta importancia a la orquesta en sus numerosos intermedios orquestales. No obstante, nada desdeñable son tampoco los momentos corales, trabajados con gran maestría armónica y, en varias ocasiones, a capella.
Seguramente será para muchos un compositor desconocido, por lo que concluyo este pequeño comentario recomendando una de sus obras orquestales, trabajos en una clara estética neoclásica en los que destaca primordialmente su brillante trabajo de orquestación e hibridación del folclore.





Aitor Merino Martínez


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